En la entrevista de trabajo me habían dicho que había un equipo en Suiza haciendo algo parecido, y que lo habían conseguido en poco tiempo. Teníamos aliados asiáticos que sabían mucho de gafas. Así que pensé: NO PUEDE SER TAN DIFÍCIL HACER GAFAS DE ACETATO.
Nada más lejos de la realidad.
Empezamos a meterle horas. Teníamos máquinas europeas, pero trabajábamos con indicaciones de fábricas chinas y con conceptos que ni siquiera la empresa que nos había vendido el material dominaba del todo. Con el tiempo entiendes por qué: en este mundo, cada uno desarrolla su propio conocimiento a base de sudor, y NADIE LO REGALA ASÍ COMO ASÍ. Y si alguien te lo explica demasiado fácil, es que tampoco lo domina.
Ya conoces eso de las 10.000 HORAS para dominar algo. Pues con el acetato de celulosa, a partir de las 10.000 horas empiezas a entenderlo. Dominarlo ya es otra historia.
Ese plástico —ya le dedicaremos su propio capítulo, porque se lo merece— se controla con CALOR Y PRESIÓN. Pero si hay poco calor, no funciona. Si hay demasiado, tampoco. Depende de si es invierno o verano. De si aprietas mucho o poco. De si fresas rápido o despacio.
Más variables incontrolables de las que un perfeccionista como yo podía soportar.
Era mi criptonita.
Pero cuando el acetato te ha visto sufrir lo suficiente, se ablanda. Y entonces te enseña su mejor cara: colores que no existen en ningún otro material, combinaciones que ningún proceso industrial sabe imitar.
Se adapta a tu cara. Se deja reparar. Se deforma con los años, pero se deja arreglar y, si lo cuidas, puede durarte toda la vida.
¿Qué otro plástico puede decir lo mismo hoy en día?
Pero es un cabrón.
Solo enseña su lado bueno a quien antes le ha hecho sufrir por él.
Y LO SABE.
Cuanto más me metía en ese mundo, más me frustraba. Se juntaron tres cosas incompatibles entre sí: mi perfeccionismo, mi constancia —el mismo superpoder que ahora jugaba en mi contra— y un material que no se dejaba controlar por nadie.
Pero, como decía Picasso, «elige siempre el camino difícil».
Y mi cabeza no me dejaba soltarlo sin resolverlo.
Estaba metido en el barro hasta el cuello, y cada vez que creía que salía, el acetato hacía de las suyas y me devolvía a la casilla de salida.
En este oficio, cuando crees que ya lo dominas, EL MATERIAL TE RECUERDA QUIÉN MANDA DE VERDAD.
Y entonces llegó el momento que para cualquier ingeniero es casi inconcebible:
ACEPTAR LA IMPERFECCIÓN.
Al principio no lo viví como una solución. La imperfección no es una solución, es una imperfección.
Pero ahí cambió todo.
¿Quién era yo para plantarle cara a un material que lleva tanto tiempo demostrando que sabe lo que hace?
Un ingeniero engreído que creía que todo tiene arreglo.
Hay cosas que no lo tienen.
Y está bien que así sea.
Viajamos a China, a Suiza, a Japón. Vimos cómo trabajaban otros. Y poco a poco lo entendimos: si quieres calidad de verdad en este oficio, primero tienes que ACEPTAR LA IMPERFECCIÓN.
Solo entonces el material te deja disfrutar de todo lo bueno que tiene.
Y eso cambió algo más en mí: no todo tiene que ser industrial.
Cuanto más se industrializa algo, más valor pierde.
El esfuerzo manual, el proceso hecho con las manos, tenía un valor que llevaba buscando toda mi vida sin saberlo.
Después de eso, miraba el acetato de otra forma. Seguía dejándole ese espacio a la imperfección, pero ya no era una batalla.
Y tras tantas pruebas, tantos modelos fallidos, tantos dolores de cabeza para fabricar algo aparentemente tan simple como unas gafas, lo vi con claridad:
YA ESTÁBAMOS DENTRO.
Nos habíamos ganado el derecho a fabricarlas.
Y ahora que digan que todos los plásticos son iguales.
